Un hombre de la generación de 1880, Miguel Navarro Viola, publicista y político, criticaba, en ciertos  argentinos de su época, lo que él llamaba “la nostalgia por la patria ajena”. Se refería con esta expresión a esa actitud tan común en determinados sectores de nuestro país que viven admirando lo importado y menospreciando soberanamente lo propio. Soñando con “la patria ajena” y desdeñando aquella en la que viven –y medran, no pocas veces.

Es la actitud que Sarmiento llevó a cumbres literarias en su “Facundo”, donde identificaba a lo argentino con la barbarie y a lo europeo con la civilización. Es la actitud del joven Alberdi, para quien la patria no era la tierra donde se había nacido sino el lugar donde se  lo pasaba bien. Es la actitud que la “crítica especializada” de la época tuvo respecto al “Martín Fierro” y al tango, dos expresiones de la cultura nacional y popular que fueron despreciadas, en sus orígenes, por esa crítica refinada y europeísta que vivía mirando a París e ignorando todo lo que nacía de la entraña nacional. Es la actitud, en fin que persiste hasta nuestros días en aquel colonizado mental (¿de qué otro modo llamarlo?) que derrama una “furtiva lágrima” cada aniversario de John Lennon o de Elvis Presley, pero que seguramente ignora qué representaron Aníbal Troilo o Atahualpa Yupanqui en la historia cultural argentina, por citar solo dos ejemplos.

Pero así como existen esos “nostálgicos de patrias ajenas”, la mayoría de los argentinos, por fortuna, seguimos amando la nuestra. Seguimos creyendo en nosotros y en la cultura que nos pertenece y representa. Porque sabemos que a cada uno de los que preconizaron la superioridad de la “civilización” europea sobre la “barbarie” nativa, se le enfrentaron cientos de voces criollas oponiendo las razones de lo nacional y de lo popular. Porque comprendemos, además, con Manuel Ugarte, que nada puede florecer sin raíces. Y porque tenemos una rica tradición a nuestras espaldas evidenciando que no todo ha sido abyección y enfeudamiento en la historia “que nos contaron mal”.

Esa es la cada vez más visible y tangible Argentina “que no miramos”, la que aparece en los momentos fundamentales de la historia, para demostrar al mundo que –como decía Mariano Moreno- no somos “de aquellos pueblos inocentes que se dejan envolver cadenas en medio del embelesamiento que les producen los chiches y abalorios”. Aunque los “nostálgicos de patrias ajenas” sigan pregonando lo contrario.

 

 

J. C. Jara